29 de septiembre de 2019

Eduardo Jozami: Memorias de un Preso de la Dictadura (Parte II)

EDUARDO JOZAMI
Abogado
Escritor
Militante por los 
derechos humanos

"Pudimos contar lo que nos había pasado"

Por Victoria Ginzberg

“Su recuerdo más nítido de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) es una fila de hombres apoyados contra una pared en un patio. La espera. Los que estaban en esa fila eran los presos políticos que habían sido designados para dar su testimonio ante la delegación extranjera. Eduardo Jozami estaba en Rawson. Antes había estado en las cárceles de Devoto y de La Plata, donde fue testigo de cómo sacaban de su pabellón a varios presos para fusilarlos. Además, su compañera, Lila Pastoriza, había estado secuestrada en la ESMA desde junio de 1977 hasta octubre de 1978, es decir que conocía de primera mano la existencia de los centros clandestinos. “La vista era una muestra de que empezaba a erosionarse el poder de la dictadura e hizo que se relajara el régimen carcelario aunque, paradójicamente, la dictadura la aceptó porque se sentía ganadora”, dice Jozami 40 años después de aquella entrevista.

Uno de los motivos por los que Jozami fue designado para hablar con los delegados de la CIDH en septiembre de 1979 fue que estuvo en la cárcel de La Plata cuando sacaron y fusilaron a un grupo de presos políticos. “A principios de enero de 1977, en La Plata, hubo una reestructuración, se establecieron pabellones que distinguían entre los Montoneros (Pabellón 1) y los del PRT-ERP (Pabellón 2) y según la información que tenían de quiénes estaban más comprometidos con las organizaciones. Quedaron como los "Pabellones de la muerte". El 5 de enero sacaron de nuestro pabellón a Rufino Pirles y Dardo Cabo. Veinte días después, a Angel Giorgiadis y Julio Urien. La madre de Urien pudo presionar a (el ministro de Interior, Albano) Harguindeguy y Urien apareció en Sierra Chica cuando todos lo dábamos por muerto. En su lugar sacaron a Horacio Rapaport, que apareció muerto con Giorgadis, decían que se habían cortado las venas, como si fuera un suicidio. El director de la cárcel y los militares nos vinieron a ver en esos días y decían que esto iba seguir, que iba a haber una depuración y que todos los que para ellos éramos los más peligrosos íbamos a ser boleta”, recuerda, otra vez, ahora.

-¿Cuándo supieron dentro de la cárcel que venía la Comisión?

-Teníamos información, aunque no para hacer análisis muy precisos. A veces lo único que teníamos era la revista Gente o Siete Días. Pero teníamos visitas y en el 78 ya se hablaba de la CIDH. Yo empecé a tomarla en serio en abril de 1979, cuando nos llevaron a Rawson. Ahí cambió el régimen en la cárcel, nos permitieron jugar al fútbol, se alargaron los recreos, empezó a entrar el diario de la zona. Había una época en Rawson, a mi no me tocó, en la que la única lectura era la Biblia. Cuando llegué había compañeros que nunca habían mostrado gran vocación por la investigación erudita que conocían la Biblia como egresados de un seminario. Sobre todo, en vísperas de la llegada de la CIDH, cambió el trato. Los castigos y golpes eran menos frecuentes. No como cambiaría después de Malvinas, que era como la retirada, pero hubo un cierto relajamiento de la disciplina.

-¿Por algún motivo fue seleccionado para la entrevista?

-Creo que por los hechos de La Plata, por supuesto que aproveché para hablar de todo, y por mi condición de periodista, porque siempre hubo una campaña especial por los periodistas, había denuncias de organismos internacionales. También sabía que tenía que hablar de Lila, porque no todos los presos tenían un familiar que había estado desaparecido.

-¿Sabían en la cárcel lo que pasaba en los centros clandestinos?

-Cuando vino a CIDH ya sabíamos bastante. Lila estuvo secuestrada desde junio de 1977 hasta octubre de 1978 en la ESMA. En 1979 estaba en España. Ella me escribía, aunque no me contaba todo. Por supuesto teníamos mil dudas, teníamos la esperanza de que no los mataran a todos. Al menos yo sabía que tenían una lógica muy distinta que la de los presos. Porque aún en los momentos más difíciles, en el fondo uno pensaba que ir preso era como haber firmado un contrato para que no te mataran. Cuando pasaban cosas como en La Plata era como que eso se rompía, que podía pasar cualquier cosa. Pero el mundo de los centros clandestinos no había ningún límite.

-¿Cómo se enteró mientras estaba preso que habían secuestrado a Lila?

-Ella me escribía por lo menos una vez por mes. Cuando pasó un poco más de un mes empecé a pensar que había pasado algo. Siempre estaba preparado para enterarme que había caído o que se había ido del país. Pasaron un par de semanas más y aparecieron en la visita mi suegra y mi mamá, juntas, para darse fuerza para contarlo.

-¿Y que había podido salir?

-En cuanto pudo comunicarse con su familia yo ya estaba enterado. Incluso antes de que saliera tuve una entrevista con ella. Esos fueron los peores meses del secuestro. Las victorias y las derrotas uno las vive también a partir de situaciones personales y para mí la derrota de los Montoneros fue cuando cayó Lila y cuando salía, porque los militares creían que habían ganado.

-¿Qué cambió con la visita de la CIDH?

-Marcó un cambio importante respecto al conocimiento público en el exterior y en el país sobre los presos y los desaparecidos. Para lo lógica de los presos, que un día estás preocupado por la revolución mundial y otro por si te van a dar una milanesa con el almuerzo o no, lo de la CIDH fue muy importante. También era una muestra de que empezaba a erosionarse el poder de la dictadura, se relajaba el régimen carcelario y eso daba para sospechar de que empezaba a apresurar una salida política, aunque de todas formas eso no hubiera sucedido así sin Malvinas. En el mismo 79 fueron los primeros episodios de la Contraofensiva y eso demostró que no había motivos para suponer que los militares apuraran la salida democrática. Pero con la CIDH podíamos ante nada menos que representantes de un organismo internacional explayarnos, contar todo lo que nos había pasado. Fue muy distinto a la frustración que sentí después cuando vino el nuncio apostólico, Ubaldo Calabresi. Varios en Rawson nos anotamos para confesarnos porque había un código en las cárceles, y los curas lo aceptaban, de que la confesión era un momento de diálogo. Los creyentes se confesaban de sus pecados pero los que no lo éramos aprovechábamos para hablar de lo que pesaba en la cárcel y pedir ayuda. El obispo de Comodoro Rivadavia, Argimiro Moure, por ejemplo, aceptaba ese diálogo. El Nuncio Apostólico cada vez que vos decías algo sobre la situación de la cárcel, de los maltratos, decía “¿pero pecaste hijo?, y era imposible sacarlo de ahí.  Pero además fue importante la visita porque para Argentina empezó a ser importante la CIDH. Los argentinos se acostumbraron a acudir a la CIDH.

-¿Tenían esperanza en ser liberados a partir de la visita de la CIDH?

-Entre los presos, aun entre los más lúcidos y formados, es inevitable que se piense todo el tiempo en la libertad. Si hay un choque en la esquina es un acontecimiento que va a acelerar la salida, y si no hay un choque capaz que también. Algo tan gordo como que viniera a tu pabellón de Rawson una delegación internacionalbviamente estaba queriendo decir que las cosas cambiaban. También teníamos cierta capacidad de análisis que contrarrestaba lo anterior. Paradójicamente la dictadura aceptó que viniera la CIDH porque se sentía ganadora.

-¿Cómo fue la entrevista? ¿Dónde fue?

-De lo que más me acuerdo es de estar esperando en un patio contra la pared, esperábamos que nos tocara el turno, fue bastante largo. Una fila contra la pared. La entrevista fue en un lugar cubierto. La Comisión entró al pabellón pero me parece que la entrevista fue en otro lugar, no en un calabozo ni en un gran salón. Era un señor bajito, centroamericano, amable y se notaba que ya venía convencido de lo que estaba pasando. Supimos es que era muy fuerte el impacto de la denuncia contra los familiares y las Madres que hizo (el relator José María) Muñoz por radio, eso en la cárcel se sintió mucho, mostraba que había cierta capacidad de no rebelarse contra eso en la población. Eso mostraba que no todo el mundo estaba sensibilizado por la represión como nosotros queríamos.

-¿Cuándo se fue la CIDH se volvió a endurecer el trato?

-No, ya había pasado la peor época de la represión. Se mantuvo una situación menos rígida, aunque sí había sanciones y golpes que no hubo justo antes de que llegara la Comisión. La situación duró hasta después de Malvinas. Después de Malvinas hubo una situación: vinieron varios oficiales a la cárcel a discutir y a explicar tres temas: el fracaso de Martínez de Hoz, Malvinas y la lucha antisubversiva. Nos preparaban para la salida. Ellos decían que sólo algunos como Videla y Harguindeguy habían tenido que ver con Martínez de Hoz, que no se podía culpar a las Fuerzas Armadas y que lo de Malvinas era el borracho de Galtieri, pero la lucha antisubversiva la defendían todos. Y tiene algo que ver con lo que realmente ocurrió, porque fueron muy hábiles en involucrar a todos los sectores de las tres armas en eso.”


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22 de septiembre de 2019

Eduardo Jozami: Memorias de un Preso de la Dictadura (Parte I)

EDUARDO JOZAMI
Abogado
Escritor
Militante por los 
derechos humanos

“Cuando las puertas de la cárcel se cerraron a mis espaldas, me pregunté si lo que vendría podía ser peor que lo vivido en los últimos días. La de las puertas no es una imagen original, pero así lo sentí yo: como si hubiera sido necesario, entre fantasías y temores, algún recuerdo concreto cuya realidad no pudiera cuestionarse para simbolizar el ingreso a la nueva etapa. La semana anterior me habían parado dos veces en la calle. La primera vez pasamos el control policial sin problemas, a pesar de que cuatro personas jóvenes en un auto debían necesariamente llamar la atención. La segunda, en el puente de la estación Liniers, los policías revisaban a unos y dejaban pasar a otros, entre los que me tocó estar a mí.

Tres días después me detuvieron de la manera más zonza, como suele ocurrir. Si el compañero que conducía no hubiera detenido la marcha cuando vio a los coches policiales que cortaban la calle, habríamos pasado como señoritos: nuestra documentación estaba muy bien. Cuando un coche policial se nos vino encima, estacionamos para simular que íbamos a tomar un café, pero en esa larga cuadra de la porteña avenida Juan Bautista Alberdi no había ni siquiera un kiosco. Ante esa actitud que les pareció tan sospechosa, nos revisaron de forma tan minuciosa como para encontrar los materiales que trasladábamos, embutidos debajo del baúl. Así eran casi siempre las caídas; se cometen errores: el comportamiento de las personas suele ser un poco menos previsible de lo que suponen las normas de seguridad de cualquier organización.”

(Fragmento del libro “2922 días: Memorias de un preso de la dictadura”, de Eduardo Jozami)

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15 de septiembre de 2019

Martín Kohan: Esos Mecanismos que se Activan al Momento de Escribir y Leer (Parte II)

MARTÍN KOHAN
Escritor
Autor del libro
"Los Cautivos"

“Por un lado, para ser totalmente honesto, no puedo decir nada muy distinto de todo lo que leí y aprendí en lo que Ricardo Piglia dijo y escribió. Retomando a Borges, obviamente, y a Eliot. Pero me parece que para todos aquellos que nos dedicamos a la literatura poniendo mucho más en primer plano la lectura, antes que la escritura, para aquellos que pensamos que es, precisamente, en la lectura donde se forma un escritor y que toda escritura es deudora de alguna lectura, la tradición va a estar necesariamente en el centro –lo que no implica una literatura tradicional, incluso diría que más bien propicia lo contrario.

Es más: me parece que en las concepciones más espontaneístas que tienen menos consciencia de la tradición, aparecen escrituras más convencionales, paradójicamente. Cuando un escritor se plantea la cuestión de la tradición, se plantea también lecturas, traslaciones, desvíos, contrapropuestas. El caso de Borges es paradigmático en la literatura argentina. Pero también es patente en escritores muy distintos: por ejemplo, en César Aira. Ema, la cautiva y La liebre son textos ligados, en parte, a la tradición gauchesca, en parte, a Mansilla. Son filiaciones legítimas: la primera novela de Aira, también, se llama Moreira.

Tengo una concepción de la literatura que la hace inseparable de la tradición, porque es inseparable del sistema de lecturas que cada uno tiene y porque parto de la premisa de que uno escribe a partir de sus lecturas. Después, cada uno ve qué es lo que hace con eso. En mi caso, yo diría que me interesa trabajar sobre zonas altamente codificadas de la tradición literaria, del pasado histórico, de la memoria colectiva o de la mitología social. Me interesa trabajar sobre cristalizaciones de sentido, para darlas vuelta o desviarlas o alterarlas o trastocarlas. Uno puede escribir como si el relato propio fuera el primer relato del mundo, pero a mí me interesa hacer exactamente lo contrario: trabajar sobre memorias asentadas, cristalizadas, narraciones estables o lugares comunes, para contrarrestarlos. Por eso me interesan figuras emblemáticas como San Martín, primer padre de la patria, o Echeverría, gran poeta nacional. Me interesa la sobrecarga de discurso, la sobrecarga de sentido, no los personajes históricos reales, sino los dispositivos de significación. El colegio al que yo fui, es un colegio: pero no escribí de mi vida en ese colegio, no escribí mi Juvenilia, sino sobre la mitología del colegio de la patria.”


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8 de septiembre de 2019

Martín Kohan: Esos Mecanismos que se Activan al Momento de Escribir y Leer (Parte I)

MARTÍN KOHAN
Escritor
Doctor en Letras
recibido en la 
Universidad de Buenos Aires

“La inteligencia de Ricardo Piglia, no menos que el propio Piglia, rebosa de generosidad. Esa generosidad consiste en que, al desplegarse, nos hace sentir inteligentes; o más aún, tanto mejor: nos hace serlo. Ocurre con sus clases o con sus entrevistas, con sus relatos o con sus artículos. Ocurre cuando se aplica a analizar un episodio puntual en un libro (como, por ejemplo, su ya clásica lectura de la escena inicial de “Facundo”) tanto como a analizar el desarrollo integral de un género (como hace con el policial, en su novela “Blanco nocturno”), a ficcionalizar un hecho histórico en particular (el asesinato de Urquiza en “Las actas del juicio”, por ejemplo), o a explorar la maquinación completa de las leyes y su transgresión en el mundo del capitalismo (como en su novela “Plata quemada”).  Porque no basta con decir, según creo, que Ricardo Piglia une crítica y ficción en sus textos, no basta con decir que el narrador y el ensayista conviven en él. La inteligencia de Piglia es, a un mismo tiempo, narrativa y crítica, por eso narra cuando ensaya y ensaya cuando narra, por eso brilla en las ficciones de la completa invención no menos que en el paisaje habitual de la realidad del mundo."


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1 de septiembre de 2019

Rodolfo Kempf: Claroscuros de la Investigación Científica y Tecnológica Nacional

RODOLFO KEMPF
Doctor en Ciencias
de los Materiales

“El presupuesto de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEA) era en 2015 equivalente a 363 millones de dólares y cuatro años después quedó reducido a apenas 170 millones. Un recorte del 53 por ciento. De esta manera, se han degradado a niveles insólitos los salarios de sus trabajadores, sus laboratorios, grupos de investigación y plantas pilotos.

Inmediatamente posterior al primer acuerdo con el FMI, el macrismo canceló los acuerdos firmados en 2015 con China para construir dos centrales de potencia: una CANDU de uranio natural y agua pesada, y una Hwalong-1 de uranio enriquecido y agua liviana. Hoy sólo queda en pie la segunda, tirando por la borda la CANDU, que implicaba que Argentina dirigiera la obra y la industria nacional suministrara el 75 por ciento de sus componentes.

El abandono de la CANDU deja en suspenso 52 años de experiencia argentina en uranio natural y agua pesada, una tecnología más barata y simple que la de las PWR, nombre genérico de las centrales de uranio enriquecido. Es una autonomía tecnológica laboriosamente conquistada desde 1967. En los planes firmados con China hasta fines de 2015, la CANDU debía entrar en obra en 2016 y la Hwalong-1 debía empezar su obra en 2019. Con el nuevo programa, tal vez la Hwalong-1 se comience en 2021, sin –por el momento- ninguna garantía.

En el acuerdo bilateral que el gobierno argentino firmó con China y dará forma al acuerdo bilateral para la construcción de la cuarta central nuclear en la Argentina, se contempla un préstamo chino de USD 7900 millones a 20 años y un adicional de UDS 2500 millones para la realización de esta obra con tecnología exclusivamente china.

La Hwalong-1 se compra con una participación argentina del 15 por ciento. Atucha I, en 1967, se compró con un 31por ciento de participación argentina asegurada: era nuestra primera central.

Jamás, el Programa Nuclear Argentino hizo una compra tan "llave en mano" como ésta de la Hwalong-1. No es una vuelta a los años 60, sino a los 50, cuando la CNEA era una entidad exclusivamente académica. Por esto, se puede afirmar que se trata de una decisión política premeditada, tendiente a desmantelar el conglomerado industrial del área nuclear.”


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2006 - 18 de Septiembre - 2019 / 13 AÑOS BUSCANDO A JORGE JULIO LÓPEZ

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